La Zeta: Peligro y miedo (cuarta parte)

Por José Alberto Gaytán García *

La distancia entre Misantla y Xalapa es de 80 km aproximadamente, el recorrido se realiza en dos horas, dependiendo, como dicen los choferes del ADO, del tráfico y de las condiciones del clima y también de lo que a continuación les voy a comentar.

En la mayor parte de la carretera domina un clima frío y húmedo, tales condiciones climáticas producen la mayoría del año una densa neblina que casi siempre la acompaña una pertinaz lluvia, resultado del choque entre las corrientes de aire caliente que vienen del Golfo de México y las corrientes de aire frío. En circunstancias extremas, ambos factores reducen la visibilidad a un punto cero, es decir, que no se ve nada. Manejar entre curvas y voladeros a más de 1800 metros de altura, con lluvia, neblina y con cero visibilidad, a muchos conductores les provoca nauseas y una horrible sensación de desorientación y se los digo con conocimiento de causa porque a mí ya me pasó y nunca se me va olvidar.

El año pasado recién llegado a Misantla, sin conocer bien la región y sin poner mucha atención a lo que la gente comentaba sobre los peligros de la carretera, tuve la ocurrencia de irme a Xalapa solo y de noche. Salí de Misantla como las siete de la noche en medio de un torrencial aguacero, estaba tan mal el tiempo, que de la curva llamada la Zeta a Chiconquiaco, que son más o menos veinte kilómetros, hice cerca de dos horas porque iba prácticamente a vuelta de rueda.

Antes de llegar a Chiconquiaco, que es el punto más alto de la sierra, la lluvia se medio calmó pero la neblina se cerró ferozmente. Cerca de las nueve de la noche, a vuelta de rueda luchaba por ubicarme en donde estaba exactamente y por encontrar la línea blanca que tienen todas las carreteras, nunca vi nada porque esta carretera en su mayor parte no tiene señalamientos. Lamentaba muchas cosas en esos momentos, entre ellas, el haberme ido solo y el no saber rezar como todo buen cristiano. El Padre Nuestro que es el único rezo que me sé más o menos, lo repetí como cien veces, en esos momentos, solo me acordaba de los accidentes y de las historias de espantos y de aparecidos que don Guillermo Caiceros me había contado muchísimas veces. Don Guillermo es un empleado del Tecnológico y asistente personal de su servidor, por razones de su trabajo, don “Memo” como le decimos en el Tec, viaja constantemente a Xalapa, al grado que en los últimos diez años ha manejado, sin exagerarles, mínimo, unas mil veces esta carretera, así que la conoce de memoria, al igual que las historias que de ella se cuentan.

Parte de esas historias y leyendas las conozco porque don Memo ya me las había contado, especialmente, cuando dábamos cuenta de unas sabrosas “empapatadas” con frijolitos guisados con nazca-huio, que es una especie de bejuco o enredadera de sabor, que les da un sabor único, y claro, acompañados con un buen queso fresco, sin faltar los plátanos fritos y de postre un buen café de la sierra de Misantla. Las “empapatadas” son una especie de enchiladas o enfrijoladas hechas con una variedad de poderoso chile local, que pica con todo, se llama “chiltepin”. Las empatadas llevan trocitos de carne, chorizo y huevos guisados tipo omelet, les dicen “empapatadas” porque las tortillas las envuelven en una hoja verde que le llaman “papata”, parecida a la hoja de plátano, aparte de darle un rico sabor, conserva caliente la comida. Las empapatadas, son parte de la comida tradicional que utilizan los campesinos de la región desde la antigüedad. En dichas ocasiones, don Memo, a la menor provocación de mi parte, y al compás de las sabrosas “empapatadas”, me había contado con lujo de detalles las historias y leyendas de la carretera. Como aquella del viejito que se encontró cerca de la Zeta; en esa ocasión, se le hizo tarde en Xalapa, por lo que venía cansado y apurado por llegar a su casa. Antes de llegar a la Zeta, estaba un hombre parado en la carretera haciéndole señas para que se detuviera, don Memo se detuvo y lo saludó, el hombre, un viejecito de edad avanzada, le respondió el saludo “buenas noches amigo, ayúdeme con mi carro que se me descompuso allá abajito”. Don Memo le dijo que no se apurara, que su hermano era mecánico que se dedicaba a “bajar” gente de la sierra, que iría por él y que en media hora regresarían, que no se moviera de ese lugar. Don Memo apretó el acelerador para llegar rápido a Misantla, despertó a su hermano Julio Caiceros y lo convenció de ir a “bajar” al viejito; subieron la herramienta a la camioneta de su hermano y le “apretaron” de regreso a la sierra. Al llegar al lugar indicado, no había nadie, se bajaron de la camioneta para ver si aparecía el viejito, don Memo recuerda perfectamente que esa noche hacia buen tiempo porque estaba medio caluroso y que su hermano le preguntó oye Memo, ¿cómo era ese hombre y que carro traía? respondiéndole que no vio el carro pero que era un viejito ya grande de edad, que inclusive le había llamado la atención porque alcanzó a medio verle el rostro, el cual era de color amarillo tierroso y como “zurcado”, es decir, de arrugas muy pronunciadas, como si fueran pequeños surcos y que por llegar rápido no se había fijado que carro traía. En eso estaban, cuando se les vino una corriente de aire frio y helado que les recorrió el cuerpo desde los dedos de los pies hasta la nuca, asustados, su hermano le dijo “vámonos Memo, esto es cosa mala,” se subieron a la camioneta y salieron “disparados” de regreso a Misantla. Al pasar por un lugar que le llaman “El nueve”, porque esta a nueve kilómetros de Misantla, se detuvieron en una tiendita para tomarse un refresco para el susto, le preguntaron al encargado de la tienda si había bajado algún carro de la sierra, respondiéndoles que no, que no había pasado nadie en mucho rato, que solo ellos.

Les comentaba que antes de llegar a Chiconquiaco, llegó un momento que me sentí totalmente desorientado, mareado, con nauseas y sin saber en dónde estaba, porque créanme, por la neblina tan cerrada, no se veía absolutamente nada, en varias ocasiones sentí que iba derechito hacia a algún voladero, por lo cual frenaba constantemente y para ser mas difícil o dramática la cosa, no pasaba ningún carro o mejor dicho, los dos o tres carros que me rebasaron nunca los pude alcanzar. De pronto, frené bruscamente porque frente a mí y sin darme cuenta de donde carajos había salido, estaba un enorme bulto de color oscuro, el miedo aumentó porque pensé en los fatales derrumbes que ahí han ocurrido y sentía que en cualquier momento me caería encima una roca de varias toneladas, de esas que desafortunadamente ya han matado gente en ese trayecto. Recuerdo que en medio de la confusión y el susto, me cubría la cabeza con las manos mientras trataba de no soltar el volante, porque estaba seguro que en cualquier momento caería una enorme roca sobre el carro. El estrés y el miedo aumentaron cuando vi que lentamente aquello se empezó a mover, pensé que la enorme roca estaba rodando al voladero y que se me vendría encima. Continuará…

jalbertogaytangarcia@gmail.com
A20R6/17

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Acerca del autor

José Alberto Gaytan
José Alberto Gaytan
José Alberto Gaytán García ha escrito artículos y ensayos de corte académico en diarios y revistas de México y de los Estados Unidos; ha participado en importantes proyectos académicos e impartido conferencias sobre temas de historia, tecnología y educación en el marco de las relaciones entre México y los Estados Unidos, tema en el cual realizó sus estudios de doctorado en The Graduate School of Internacional Studies de la Universidad de Miami.

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